Alpargatas (Trilogía del Ruan IV)

Opinión de Juan José Caravaca Silva (@juanjc64)

Fotografía de Tony Solis (@TSFotografias_)

En la madrugada eterna de Sevilla, origen de nuestra semana santa, noche de vigilia y penitencia, tres son las formas como Sevilla vive la penitencia: la silente imitación a Jesús Nazareno; siendo testigos del Gran Poder de Dios en su epifanía dolorosa de cada primavera, y acompañándole y velando su sueño en el momento supremo en el monte Calvario.

 

Los hermanos del Calvario acompañan a su imagen titular de Cristo muerto en la cruz en el día en que ésta se conmemora a visitar a Dios vivo y verdaderamente presente en el monumento de la Santa Iglesia Catedral, momento culmen y principal de las estaciones de penitencia de las hermandades de la tarde del jueves santo y la madrugada.

 

Dios, por el hombre, ha muerto sobre la roca fría del Calvario. Ya se ha consumado el sacrificio y, aunque falta el triunfo de la resurrección, los hermanos del Calvario quieren que tras tan amargas y duras penas, el Señor descanse. Por eso, en esta noche oscura del alma y ante el anuncio del alba que ha de venir, calzan alpargatas que no hagan ni el más leve ruido que moleste el sueño de Dios en el Calvario. Porque este sueño del Señor no supone ni un alejamiento ni un abandono a los hombres, sino la forma que tenemos de manifestar que queremos que siempre esté con nosotros, y como hombres que somos, queremos que esté en forma de hombre, aunque sea dormido, pues cuando despierte será Jesús Resucitado que en su cuerpo glorioso nunca nos abandonará por dejarnos al Espíritu Santo velando siempre por nosotros.

 

La alpargata, además constituye la plasmación del sentido de humildad que tienen los hermanos del calvario, al igual que las Hermanas de la Cruz, pues de esta forma se representa que nada nos pertenece, todo es de Dios y hemos de aparecer humildes ante Él. Silencio, recogimiento, severidad y compostura en ese rito anualmente repetido, recibido en herencia directa de nuestros mayores y actualizado con esa naturalidad inherente a lo que es propio y no necesita ni enseñarse ni aprenderse pues va inmerso en el interior de cada uno.

 

Tras la visita al Santísimo, cumplido el mandamiento y la penitencia, la vuelta a casa, y aunque la luz del día pueda bañar de luz esa lumbre divina que ilumina el Calvario, el recogimiento de la noche se mantiene hasta que el portentoso crucificado entra en la parroquia. A partir de aquí la capilla y su retablo custodiarán la imagen de Cristo durante todo el año para que, sin ruido ni aspavientos y con la humildad de esas alpargatas que se visten una noche y se llevan todo el año en el alma, los hermanos del Calvario, sus vecinos y todo aquel que quiera acercarse a Jesús crucificado,  puedan visitarle y hacerle partícipe de sus vidas.

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